Viviendo en Tiempos de Oscuridad

Ninguno de nosotros eligió ni el momento, ni las circunstancias de su nacimiento. En las palabras de Heidegger, que describe la realidad de acuerdo a la manera en la que la experimentamos, podemos afirmar que Dasein (el ser-ahí) se encuentra a sí mismo arrojado en el mundo en una situación especifica que no eligió. Así muchas generaciones de humanos han nacido en diferentes mundos, en diferentes momentos, y en diferentes contextos. Sin embargo, hay algunas generaciones que por azares del destino nacen en medio de una coyuntura histórica; en la que las biografías personales quedan marcadas por la entrada en decadencia de un viejo orden y el nacimiento de uno nuevo. Las generaciones que hoy habitan la tierra, en este amanecer del siglo XXI, han sido arrojadas a un mundo en profunda transformación, por lo tanto, lo que me gustaría analizar a continuación es no sólo la forma en la que (como Dasein) nos encontramos en el mundo, sino también las maneras en las que en estos “tiempos de oscuridad” nos relacionamos con él. Mi finalidad es brindar algo de sentido a los momentos convulsionados que en este momento estamos viviendo en México; y de esta forma, ganar un mayor entendimiento sobre nuestro papel personal e individual en este contexto histórico.

Antes de comenzar, sin embargo, es de vital importancia clarificar a que nos referimos con “tiempos de oscuridad”, un concepto tomado de la filosofía de Hannah Arendt. Resulta evidente que el orden político, económico, y social de una sociedad determinada se sostiene sobre estructuras de pensamiento que son especificas a esa sociedad. La esclavitud, por ejemplo, que durante muchas décadas formo parte de la actividad económica del sur de Estados Unidos se sustentaba sobre una estructura de pensamiento, de supuestos económico y raciales, que le daba viabilidad. Sin embargo, existen lo que Arendt llama “tiempos de oscuridad”, en los que las estructuras tradicionales de pensamiento que sostenían a una sociedad determinada comienzan a derrumbarse.

El derrumbe de estas estructuras tradicionales de pensamiento podrían intuir un avance dialectico en el que la sociedad da un brinco hacia delante; pero también, de una manera menos idealista, podemos afirmar que estos derrumbes del pensamiento colectivo tradicional producen angustia y sufrimiento. Conllevan a estados de crisis en los que el individuo queda desamparado y sin la protección (tanto física como psicológica) que las estructuras tradicionales le brindaban. Son momentos en los que los cambios en las estructuras de pensamiento llevan a que la gente pierda la confianza que tenía en las estructuras del pasado; y en los que el “orden político y social”, como una gran bola de hierro, se mantiene en movimiento solo en base a su propia inercia.

Estos “tiempos de oscuridad”, debemos agregar, no son algo extraño en la historia de la humanidad. De hecho, con la excepción de algunos países como Estados Unidos que gozan de una extraordinaria estabilidad y continuidad interna, se han dado “tiempos de oscuridad” de forma cíclica en múltiples sociedades del mundo. En el caso de México, al igual que nuestro vecino del norte, durante muchos años también gozamos de una estabilidad envidiable. Desde la salida al exilio de Plutarco Elías Calles, y la puntual entrega del poder presidencial por parte de Lázaro Cárdenas a Ávila Camacho; el orden político posrevolucionario quedó consolidado; y detrás de él, una forma específica de entender a México que le daba viabilidad. Tras la victoria de los Aliados sobre el Eje tripartito compuesto por Alemania, Italia, y Japón en 1945; el mundo también conocería una tensa estabilidad a lo largo de toda la guerra fría.

El México que surgió con la guerra fría de trasfondo, fue el México de las grandes corporaciones, de los grandes sindicatos, y de los servicios estandarizados para su consumo masificado. Fue el México, de lo que Enrique Krauze ha llamado la “Presidencia Imperial”: en donde la historia nacional, era en gran medida el resultado de la biografía (y disposición personal) del presidente en turno. También fue el México del Estado Benefactor, que tenia entre sus tareas aliviar los estragos del libre mercado y servir como red de seguridad para toda la población. Durante muchos años el “orden político y social” de México se apoyo en estas premisas y en esta visión; y durante muchos años funcionó, si bien no de forma perfecta, por lo menos brindando cierta estabilidad sobre las cual la gente cimentaba sus aspiraciones de vida.

Sin embargo, hoy nos encontramos nuevamente viviendo “tiempos de oscuridad”; y las actuales generaciones están viendo de cerca como las estructuras del pasado se comienzan a derrumbar. Para las nuevas generaciones resulta simplemente imposible cimentar sus aspiraciones sobre los mismos supuestos que usaban sus padres, pues nos encontramos ante realidades (sociales y psicológicas) sumamente distintas.

En el aspecto laboral, podemos valorar como la seguridad social, las aspiraciones de retiro, y los servicios de calidad brindados de forma gratuita, poco a poco (y de forma notoria) pierden viabilidad. La desaceleración en el crecimiento económico a nivel global, se ha traducido en una falta de oportunidades económicas para la población; y en una falta de financiamiento de los servicios públicos. Esta falta de financiamiento, acompañada de una guerra mediática de descalificación, ha terminado por deteriorar los servicios públicos de los que dependían millones de personas.

En el aspecto social, hemos visto un deterioro de los vínculos familiares de tipo tradicional. Los divorcios en nuestra sociedad moderna se han vuelto la norma; y la falta de apoyo a la mujer en su incursión al mundo laboral también ha mermado la integración y relaciones de la familia tradicional. El deterioro de los vínculos tradicionales, y la incertidumbre económica, a su vez han desembocado en el florecimiento de un mundo avocado a la ilegalidad. Miles de personas, frente a un incierto prospecto de vida, no dudan en sumarse a organizaciones criminales que siembran terror y violencia en toda la sociedad.

Finalmente, en el aspecto político, los gobiernos han perdido la capacidad de responder a la gente. Las organizaciones y tratados internacionales, y sobre todo la interdependencia de los mercados económicos en un contexto global, hoy condicionan el actuar de los gobiernos nacionales. El Estado-Nación ha perdido relevancia en un contexto global en el que la economía gobierna soberana sobre el quehacer mundial; y esto, a su vez, ha terminado de erosionar la ya baja confianza que la gente depositaba en las instituciones del Estado.

La gente ha dejado de creer en sus representantes y gobernantes, en el mejor de los casos los ven como actores incapaces de brindar un alivio a la población. Han dejado de creer en los partidos políticos como espacios de participación, y han dejado de verlos como organizaciones fidedignas de vincular a la gente con el quehacer político. La policía, al igual que el ejército, en vez de generar confianza hoy generan temor. La gente también ha dejado de creer en la figura omnipotente y paternalista del Presidente de la Republica. El hartazgo esta en todas partes, y así nuestro “orden político” poco a poco ha ido quedando suspendido sobre “verdades universales” …que ya prácticamente nadie genuinamente cree.

¿Qué podemos hacer ante esta terrible perspectiva en estos tiempos de oscuridad que lo nublan todo? Para muchos, la respuesta ha sido el abandonar el mundo; o mejor dicho, el cerrarse sobre uno mismo y apartarse de el. ¿Por qué no? Esta ha sido la respuesta de muchas religiones frente al mundo. Los monjes budistas, por ejemplo, predican y practican este aislamiento. Esta, de igual forma, ha sido la respuesta de múltiples filósofos, que ven en el mundo, y en “los otros” la fuente misma de la inautenticidad (Heidegger).

En nuestro México actual, este cerrarse al mundo muchas veces se traduce en emigrar a otras latitudes que permitan mejores condiciones de desarrollo personal. Esto es lo que ha venido aconteciendo en países latinoamericanos como Venezuela, en el que los “tiempos de oscuridad” incentivan la fuga del capital económico y humano. Sin embargo, en la mayoría de los casos y sin la necesidad de emigrar, este cerrarse al mundo se traduce principalmente en el abandono de nuestras responsabilidades ciudadanas y políticas. Se traduce en que cada persona comienza a entender sus responsabilidades para con México únicamente en relación a la gente que conoce, como sus familiares o amigos.

Es evidente, como lo señala Arendt, que con cada retirada “el mundo sufre una perdida casi demostrable”. Lo que se pierde es el potencial que este individuo representaba para su sociedad y el contexto al que fue arrojado. Lo que se pierde es ese “estar-entre especifico [e] insustituible que debería de haberse formado entre este individuo y sus semejantes.” Es importante notar, que no todas las retiradas se producen de forma permanente; y que muchas veces el individuo aislado puede “llegar a cultivar grandes talentos” que después pone al servicio de su sociedad.

Sin embargo, también existe otro mecanismo distinto a “cerrarse al mundo”. En tiempos de oscuridad, cuando las cosas alcanzan un extremo en el que la gente ya no puede escapar y la realidad sabotea cualquier intento de cerrarse sobre uno mismo, lo que termina por surgir es la fraternidad. ¿Por qué los franceses, tras su revolución, decidieron agregar el concepto de “fraternidad” a los de “igualdad” y “libertad” (que ya eran desde antes conceptos políticos)? ¿Por qué era tan importante para los franceses la fraternité? Me parece que la razón de su importancia es que el sentimiento de “fraternidad”, para esa generación, era el sentimiento unificador sobre el cual podían construir un nueva sociedad francesa.

En nuestro México actual, que atraviesa dolorosos “tiempos de oscuridad”, también hay mucho que debemos construir y reconstruir. Me parece que hoy es esencial pensar en nuevas formas de participación directa que nutran al Congreso de la Unión; que lo acerquen a sus representados. Es necesario pensar en un nuevo sindicalismo que reinterprete los roles y relaciones entre los dirigentes y sus agremiados, al igual que entre el sindicato y la autoridad patronal. Es necesario reinventar a los partidos políticos. Sacarlos de sus viejas practicas y sus formas anquilosadas. Cambiar y reformar su vida interna para forzar su apertura al grueso de la sociedad.

Finalmente, creo también será necesario repensar la Presidencia de la Republica. Durante más de 80 años, el Presidente de la Republica ha sido el eje articulador de la política nacional: la gobernabilidad ha girado en gran medida en torno a esta institución. Sin embargo, hoy el presidente ya no es (en la consciencia ciudadana) el gran Tlatoani que fue durante la era del Estado Benefactor. El mito del presidente omnipotente y paternalista se ha agotado; y me parece que la misma presidencia debe de reinterpretarse para poder generar condiciones que den nueva gobernabilidad al mañana.

Estas, y muchas otras cosas más, tendrían que ir cambiando; y no me cabe duda que algunas otras tendrán que desaparecer al no poder adecuarse a las nuevas realidades y expectativas de la gente. Sin embargo, me parece también que cualquier transformación de largo plazo no será posible si no está cimentada sobre un sentimiento de fraternidad y diálogo entre los mexicanos. Cualquier intento por renovar el sistema en base a sentimientos de revanchismo, de venganza, o de interés personal, sin duda alguna no harán sino acrecentar la brecha entre nosotros y prolongar los tiempos de oscuridad. El futuro será participativo.

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Un comentario en “Viviendo en Tiempos de Oscuridad

  1. Magníficas reflexiones por parte de René Fujiwara. Me tocó ver algunos programas del Canal del Congreso y pude observar que él como legislador es activo, propositivo, y aunque se veía que sudaba la gota gorda, no se arredraba. Así demostró que es un político digno y sabe ponerse a la altura de las circunstancias independientemente de ser el nieto consentido de la maestra Gordillo. Enhorabuena.

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